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Siguiendo con el proceso, de trabajo en la
plancha, una vez mordida por el ácido, se revisa
la profundidad de las tallas en la totalidad del
dibujo. Se pueden hacer reservas, dejando zonas
más pálidas o delicadas, y volver a morder o
remorder espacios determinados; es decir, se
procede por sesiones que pueden ser múltiples,
tantas como requiera un buen trabajo. Al final
se limpia el barniz de la plancha y está lista
para la impresión.
Este grabado no exige una presión manual durante
su ejecución, como | el grabado al buril o la
punta seca, sino que es de suave manejo. La
función de la punta es sólo descubrir el barniz
protector de la matriz, y el esfuerzo manual de
tallar en profundidad, queda aquí sustituido por
la acción del ácido, que es el que corroe e
incide el metal. Pero es preciso apuntar que,
siendo una técnica aparentemente cómoda, resulta
muy sensible a cualquier descuido como puede ser
la limpieza de la plancha, la buena o mala
distribución del barniz cubriente, la
concentración del mordiente, la temperatura
ambiente, etc. La experiencia es la verdadera
maestra, principio notorio en multitud de
actividades, pero en ninguna de manera más
evidente que en ésta de la práctica del grabado
al aguafuerte, donde se puede comprobar además
que el rigor químico científico no es infalible
en su aplicación artística.
Los trazos o líneas al aguafuerte vistos con
atención y, si se requiere, con aumento,
presentan un ligero temblor o irregularidad que
le da una vibración especial y constituye una de
sus peculiaridades. Asimismo, el cruzado y
entrecruzado de líneas produce negros
profundísimos, de características pictóricas,
corno estableció Rembrandt, el artista que
desarrolló definitivamente este proceso en obras
tan excelsas como las estampas: La gran novia
judía; la estampa de los Cien florines; Las tres
Cruces o Los tres árboles. Y de las que, además,
dejó no pocas testimoniales pruebas de estado
que, hoy nos permiten reconstruir su proceso, el
nacimiento de las composiciones, su crecimiento
entre los entramados de líneas, la eliminación
de algunas de ellas, los «pentimentos» del
aguafortista, su decisión final, en suma,
comprobar y admirar su afán investigador sin
parangón.
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